A la mañana siguiente, amanece un día radiante, el cual parece nos va a compensar el temporal soportado el día anterior. Nos preparamos para realizar la ruta que ofrece las vistas y paisajes mas bonitos de todo el recorrido. Es una zona muy arenosa en la que contrasta el rojizo de la arena, con la oscura roca de la montaña. Por el camino, tenemos que salvar pasos muy arenosos, que le dan un matiz de pura aventura a la ruta.
Salvados los obstáculos de modo satisfactorio, y antes de adentrarnos mas en el desierto, nos acercamos a visitar a otra familia nómada para entregarles algo de la ayuda transportada. La visita, se convierte en un taller improvisado, al tener que reparar el silent block del amortiguador de uno de los vehículos.
Cumplida la misión con los nómadas, nos adentramos aún mas en el bello desierto, para entrar en un valle sin salida entre montañas, donde el silencio y el paisaje siempre sorprende al viajero.
Pero aquí no termina el espectáculo, siguiendo unos pocos metros mas adelante, nos encaramamos por una inmensa ladera de arena, hasta lo alto de una montaña. Desde este punto, se abre ante nuestros ojos una basta llanura multicolor, que deja boquiabiertos a todos. El paisaje desde este punto, merece la pena disfrutarlo durante un buen rato, para llegar a percibir toda su belleza.
Con tanto paisaje, se nos hizo la hora de comer. Teníamos previsto comer al aire libre, pero como no podía faltar.... el fuerte viento hizo acto de presencia. Dada la incómoda situación, acordamos ir a comer al albergue de un buen amigo en la zona, donde nos resguardamos del potente viento reinante. Después de la relajada comida, el viento sigue soplando y la fuerte tormenta de arena y polvo, hace que el día oscurezca rápidamente, reduciendo la visibilidad de forma importante. Tomamos rumbo de regreso a Ouzina, no sin antes tomar unas bellas imágenes.